Liderazgo y bienestar en el entorno laboral

Saber identificar las emociones de los demás, un gran aliado en el trabajo

Identificar las emociones de los demás en el trabajo

Trabajé hace tiempo con un directivo brillante en lo técnico. Conocía su sector como pocos, tomaba buenas decisiones, no se le escapaba un dato. Y, sin embargo, su equipo funcionaba a medio gas, con una rotación que él no lograba explicarse. Un día me describió una reunión reciente: había soltado una crítica delante de todos y había continuado con el orden del día. Le pregunté qué cara habían puesto sus colaboradores al oírla. Se quedó en blanco. No se había fijado. No le faltaba interés por su gente; le faltaba algo que nunca le habían enseñado a hacer, que era mirarla de verdad.

Esa escena me parece reveladora, porque señala una habilidad de la que se habla poco en el mundo laboral y que, sin embargo, lo cambia casi todo: la capacidad de captar lo que sienten las personas con las que trabajamos. No es un don reservado a unos pocos. Es una forma de atención que se puede cultivar, y que se convierte en un aliado enorme para quien la desarrolla.

Leer lo que no se dice con palabras

En el trabajo nos comunicamos mucho más allá de las palabras. Un silencio que se alarga, una mirada que se baja, un tono que se tensa, una persona que de pronto participa menos en las reuniones. Todo eso habla, y habla alto, aunque nadie lo verbalice.

Identificar las emociones de los demás empieza por aprender a registrar esas señales en lugar de pasarlas por alto. Así, podremos entender mejor lo que ocurre delante de nosotros. Cuando alguien capta que un compañero está sobrepasado antes de que estalle, o que un cliente se ha quedado inseguro aunque haya dicho que sí, dispone de una información valiosísima que la mayoría ni siquiera percibe.

Por qué importa tanto en el trabajo

Las organizaciones las forman personas, y las personas funcionamos en buena medida desde lo emocional, aunque nos guste pensar que somos puro razonamiento. Un equipo donde alguien percibe cómo está la gente es un equipo donde los problemas se ven venir y donde las personas se sienten tenidas en cuenta.

Esto enlaza con algo que ya he comentado en otras ocasiones, el clima emocional condiciona el rendimiento y la confianza. Y para cuidar ese clima, primero hay que saber leerlo. Quien identifica lo que sienten los demás puede ajustar cómo comunica, cuándo exige y cuándo sostiene, de qué manera da una mala noticia. Esa sensibilidad no resta profesionalidad.

Lo que nos impide ver al otro

Si esta capacidad fuera fácil, todos la tendríamos. Hay obstáculos muy humanos que nos lo impiden. El primero es nuestro propio estado: cuando vamos acelerados, tensos o preocupados, nuestra atención se cierra sobre nosotros mismos y dejamos de percibir a quien tenemos enfrente. Difícilmente captaremos la inquietud de otro si estamos secuestrados por la nuestra.

El segundo obstáculo son los juicios rápidos. Etiquetamos a las personas («este es un quejica», «esta siempre exagera») y, una vez puesta la etiqueta, dejamos de mirar lo que de verdad les pasa. Y el tercero es la prisa: en la vorágine del día, no nos damos ni el segundo necesario para fijarnos en una cara. Reconocer estos frenos es ya parte del trabajo, porque casi siempre el problema no es que no sepamos leer al otro, sino que no nos detenemos a hacerlo.

Cómo se entrena esta mirada

Lo bueno es que esta sensibilidad se desarrolla con la práctica. Empieza por algo tan sencillo como cultivar la presencia: entrar a una conversación con la atención puesta de verdad en la otra persona, y no a medias mientras pensamos en lo siguiente. Mirar a la cara, escuchar el tono además del contenido, registrar el lenguaje del cuerpo.

Ayuda también la curiosidad genuina, preguntarse «¿cómo estará viviendo esto?» en lugar de dar por hecho que lo sabemos. Y, sobre todo, ayuda comprobar nuestras impresiones: un «te noto algo preocupado, ¿va todo bien?» abre puertas que ninguna suposición abre. A muchas de las personas que acompaño les propongo, antes de una conversación importante, dedicar unos segundos a observar cómo llega la otra parte. Ese pequeño gesto cambia por completo la calidad del encuentro.

Mirar sin interpretar de más

Hay un riesgo del que conviene alejarse: pasarse de interpretación. Creer que leemos a los demás perfectamente, dar por seguro lo que el otro siente y actuar en consecuencia sin contrastarlo. Eso, lejos de ayudar, genera malentendidos.

Identificar emociones no consiste en adivinar el pensamiento de nadie, sino en estar atentos y, desde ahí, preguntar y comprobar con humildad. Las personas somos complejas, y la misma cara puede esconder cosas muy distintas. La mejor actitud combina la atención con la prudencia: me fijo en lo que percibo, pero dejo que sea la otra persona quien me confirme lo que de verdad le ocurre.

Una forma de cuidar mientras se trabaja

Saber identificar lo que sienten los demás es mucho más que una herramienta de productividad. Es una manera de trabajar que tiene en cuenta que enfrente hay personas, no sólo funciones. Quien la desarrolla previene conflictos, genera confianza y construye relaciones laborales más sanas, algo especialmente importante para quienes dirigen equipos.

Y hay algo más, quizá lo más valioso: cuando una persona se siente vista en su trabajo, aunque sea con un gesto pequeño, algo se afloja por dentro. Aprender a mirar así nos hace más capaces de sacar lo mejor de quienes nos rodean, que casi siempre coincide con lo que ellos también necesitan dar.

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