Dedicamos años a formarnos en una profesión y a entender cómo funciona el mundo. Y, sin embargo, es llamativo lo poco que muchas personas saben de sí mismas: de lo que de verdad sienten, de lo que necesitan, de por qué reaccionan como reaccionan. Vivimos, a veces, como auténticos desconocidos para nosotros mismos.
El autoconocimiento, esa capacidad de mirar hacia dentro y entendernos un poco mejor, no es un ejercicio de ombliguismo ni un lujo para quien tiene tiempo. Es una de las bases más sólidas de la autoestima y del bienestar. Cuanto mejor nos conocemos, más en paz podemos estar con quienes somos y mejores decisiones tomamos.
Conocernos para dejar de juzgarnos
Muchas personas se tratan con una dureza tremenda. Se machacan por sus reacciones, se reprochan sentir lo que sienten, y casi siempre lo hacen sin entender de dónde viene todo eso, como si brotara de la nada y demostrara algún defecto profundo.
Cuando empezamos a conocernos, algo cambia. Comprender qué historia hay detrás de nuestros miedos, qué aprendimos de pequeños, suele ablandar el juicio que hacemos sobre nosotros mismos. Muchos de esos patrones vienen de lejos: entender, por ejemplo, que nuestra exigencia desmedida nació como una forma de ganarnos el cariño nos permite relacionarnos de otro modo con ella.
Distinguir lo que queremos de lo que tememos o creemos deber
Muchas decisiones se complican porque confundimos tres voces: lo que de verdad deseamos, lo que tememos y lo que creemos que deberíamos hacer.
El deseo, en algunas personas, está poco entrenado, porque han pasado tanto tiempo respondiendo a lo que se esperaba de ellas que han perdido la costumbre de escucharse. El miedo suele hablar muy fuerte, y a veces protege, pero otras limita sin motivo real. Y luego está el mandato interno, más silencioso: «tengo que poder con todo», «si digo que no, soy egoísta». El autoconocimiento nos permite separar esas voces y saber si elegimos desde una parte viva de nosotros o desde una obligación que ya no hemos revisado.
Aceptarnos, también en lo que no nos gusta
Conocerse implica encontrarse también con las partes de uno que no nos gustan: las inseguridades, las contradicciones, aquello de lo que no estamos orgullosos. Y ahí surge la tentación de rechazarlas o pelearnos con ellas.
Pero el bienestar nos llega cuando nos aceptamos con honestidad, con nuestras sombras incluidas. Y aceptarse no es resignarse ni dejar de querer mejorar; es dejar de estar en guerra con uno mismo. Cuando reconocemos nuestras limitaciones sin que eso destruya nuestro valor, se libera una energía enorme que antes gastábamos en aparentar. La autoestima firme no es la de quien se cree perfecto, sino la de quien se acepta entero.
Reconocer y atender nuestras necesidades
No podemos cuidar lo que no conocemos. Muchas personas desatienden sus necesidades simplemente porque no las escuchan: no saben cuándo están agotadas, cuándo algo les hace daño, cuándo necesitan parar o pedir ayuda. Han acallado esas señales hasta dejar de oírlas.
El autoconocimiento nos devuelve el contacto con lo que necesitamos, y eso repercute directamente en el bienestar. Y también en nuestras relaciones, porque quien se conoce puede expresar lo que siente y necesita en lugar de esperar que los demás lo adivinen, algo de lo que hablo en Gestionar tus emociones mejora también tus relaciones.
Conocerse para vivir mejor
Conocerse no siempre es cómodo, porque implica mirar también lo que preferiríamos no ver. Y conviene recorrer ese camino con amabilidad, con curiosidad más que con juicio, como quien se acerca a alguien a quien quiere. A veces ayuda escribir, otras conversar, y a menudo, cuando cuesta ver con claridad, acompañarse de un profesional.
Al fin y al cabo, con la única persona con la que vamos a convivir siempre, sin excepción, es con nosotros mismos. Merece la pena llegar a conocerla, y aprender a quererla.