«Yo soy así, tengo mucho carácter, y quien me quiera, que me aguante». ¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez? Yo la entiendo, e incluso tiene algo de sano en su reivindicación de uno mismo. Pero, cuando rascamos un poco, debajo suele haber una estela de relaciones dañadas: discusiones que se fueron de las manos, personas queridas que se alejaron, palabras dichas en caliente de las que después nos arrepentimos. Y no suele ser por falta de cariño. Es por una forma de gestionar las emociones que termina haciendo daño justo a quienes más queremos.
Solemos pensar que regular nuestras emociones es un asunto privado, algo que nos afecta solamente a nosotros. La realidad es que nuestra manera de manejar lo que sentimos repercute de lleno en cómo nos relacionamos con los demás. Por eso, trabajar nuestro mundo emocional es una de las mejores cosas que podemos hacer por nuestros vínculos.
Lo que sentimos no se queda dentro
Por mucho que creamos disimular, comunicamos nuestro estado emocional todo el tiempo: con el tono, con los gestos, con los silencios, con la forma de contestar. Las personas cercanas lo perciben enseguida. Y cuando llegamos a casa cargados de tensión, esa tensión se reparte, aunque no digamos una palabra de lo que nos pasa.
Por eso, lo que hacemos con nuestras emociones tiene siempre un efecto sobre quienes nos rodean. Una persona que vive a merced de su irritabilidad va dejando un reguero de relaciones a la defensiva. Es algo que también ocurre en el entorno profesional, pero en lo personal duele todavía más, porque están en juego los vínculos que más nos importan.
Entre lo que siento y lo que hago hay un espacio
Aquí está el corazón de la regulación emocional, y conviene entenderlo bien. Gestionar las emociones no significa reprimirlas, tragárselas ni fingir que no existen. Eso no funciona y, además, sale caro, porque lo que callamos termina filtrándose de peor manera.
Regular es otra cosa: es reconocer lo que siento, darle un espacio dentro, y elegir desde ahí cómo actúo, en vez de reaccionar de forma automática. Entre la emoción y la conducta hay un margen, por pequeño que parezca, y en ese margen se juegan muchas de nuestras relaciones. Sentir enfado es legítimo; lo que decidimos hacer con ese enfado es lo que construye o erosiona un vínculo.
Reaccionar en caliente, el gran enemigo de los vínculos
Cuando actuamos arrastrados por la emoción del momento, solemos hacer y decir cosas que no responden a lo que de verdad queremos. Contestamos mal, exageramos, herimos, cerramos puertas. Y después, cuando la intensidad baja, llega el arrepentimiento, pero el daño ya está hecho.
Aprender a no descargar inmediatamente lo que sentimos protege enormemente nuestras relaciones. A veces basta con un gesto sencillo: tomarse un momento antes de responder, salir a respirar, posponer una conversación difícil para cuando estemos más serenos. No se trata de no expresar lo que nos pasa, sino de hacerlo en un momento y de una forma en que el otro pueda recibirlo y no como un golpe.
La calma propia da seguridad al otro
Hay un efecto precioso en regular bien las emociones, y es que genera seguridad alrededor. Cuando las personas que conviven con nosotros saben que no vamos a estallar a la mínima, que pueden hablarnos sin medir cada palabra, que nuestro estado de ánimo no es una tormenta impredecible, se relajan y se acercan más.
Lo contrario también es cierto: cerca de alguien muy reactivo, los demás acaban caminando de puntillas, escondiendo cosas, conteniéndose. Y un vínculo donde hay que protegerse, pierde intimidad. Cuidar cómo llevamos nuestras emociones es, en el fondo, un regalo que les hacemos a quienes nos quieren, porque les permite estar con nosotros sin miedo.
Reparar lo que se rompe
Por mucho que trabajemos nuestras emociones, habrá días en que perdamos los papeles. Somos humanos. Y ahí entra una de las herramientas más valiosas para cualquier relación: la reparación. Volver después de un mal momento, reconocer si nos pasamos, pedir perdón con sinceridad, retomar el vínculo.
Ese gesto tiene un poder enorme. Transmite que el enfado no rompe el cariño, que se puede discutir y seguir queriéndose, que el vínculo es más fuerte que el desencuentro. Las relaciones sanas son las que saben recomponerse después de un conflicto.
Cuidar las emociones es cuidar a quien queremos
Trabajar nuestro mundo emocional no nos vuelve más fríos ni menos auténticos. Al contrario, nos hace más capaces de estar cerca de los demás sin hacerles daño. Reconocer lo que sentimos, darnos un margen antes de actuar, evitar las descargas en caliente y saber reparar son formas muy concretas de mejorar todas nuestras relaciones, de la pareja a los hijos, de la familia a los amigos.
En el caso de la pareja, donde la comunicación es tan delicada, esto cobra una importancia especial, porque gestionar bien lo que sentimos es una de las maneras más profundas de cuidar a las personas que tenemos al lado.