Psicología para la vida cotidiana

Cómo fortalecer la resiliencia emocional en tiempos de incertidumbre

Resiliencia emocional en tiempos de incertidumbre

Siempre me ha parecido que la incertidumbre tiene una forma muy particular de cansar. No siempre golpea de manera brusca. A veces se instala poco a poco, como una cuestión que vuelve una y otra vez: qué pasará, cuánto durará esto, si estaremos preparados, si podremos soportar lo que venga.

La mente intenta anticiparse. Busca respuestas, señales, garantías. El cuerpo se pone en alerta. Dormimos peor, nos irritamos antes, nos cuesta concentrarnos o sentimos una inquietud difícil de explicar. En consulta veo con frecuencia que las personas no sufren únicamente por lo que está ocurriendo, sino por la cantidad de futuro que intentan resolver desde el presente.

Por eso me gusta hablar de resiliencia emocional con cuidado. La palabra se ha utilizado tanto que a veces parece exigir una fortaleza perfecta. Como si ser resiliente consistiera en no derrumbarse, no tener miedo, no dudar, no necesitar ayuda. Yo lo veo de otra manera. Para mí, la resiliencia emocional tiene mucho que ver con poder seguir en contacto con uno mismo cuando la realidad pierde estabilidad.

Reconocer lo que nos está afectando

El primer paso suele ser muy sencillo y, al mismo tiempo, muy difícil: admitir que algo nos está afectando. Muchas personas intentan minimizar lo que sienten. Se dicen que no deberían preocuparse tanto, que tienen que poder, que no es tan grave, que otras personas están peor.

Estas frases pueden parecer razonables, pero a veces dejan a la persona más sola frente a su malestar. Nombrar el miedo, la tristeza o el cansancio pone un límite al problema. Permite empezar a pensar lo que antes sólo se sentía como una presión confusa.

Hay algo profundamente reparador en poder decir: “Esto me está costando”. No soluciona la incertidumbre, pero reduce la exigencia de superarla fingiendo que no pesa.

Volver a lo concreto

Cuando el futuro se vuelve incierto, la mente tiende a desplazarse hacia escenarios que todavía no existen. Imagina conversaciones, pérdidas, decisiones, problemas posibles. Ese intento de anticipación nace del deseo de protegernos, pero puede terminar agotándonos.

En esos momentos ayuda volver a lo concreto. Qué puedo hacer hoy. Qué conversación necesito tener. Qué información me falta. Qué decisión puedo aplazar. Qué necesita mi cuerpo. A quién puedo pedir apoyo. Qué parte del día puedo ordenar para no vivirlo todo desde la urgencia.

Lo concreto no va a eliminar la incertidumbre, pero sí que nos devuelve un poco de suelo. Comer con cierta calma, caminar, descansar, escribir lo que nos preocupa, limitar el exceso de información o hablar con alguien fiable son gestos pequeños que ayudan a que la angustia no ocupe todo el espacio interno.

Elegir bien dónde apoyarse

La resiliencia emocional también depende mucho de los vínculos que nos rodean. Hay personas con las que podemos pensar mejor. Nos escuchan sin invadir, no dramatizan, no simplifican, no tienen prisa por quitarnos el malestar. Su presencia ayuda a que algo se ordene.

También hay entornos que, sin mala intención, aumentan la inquietud. Llenan el silencio de consejos rápidos, opiniones, alarmas o frases que no permiten sentir de verdad. En momentos de incertidumbre conviene elegir con cierta delicadeza a quién contamos lo que nos pasa.

A veces necesitamos menos respuestas y una presencia más capaz de acompañar. Alguien que no nos empuje a estar bien antes de tiempo.

No confundir fortaleza con dureza

Me preocupa cuando la resiliencia se entiende como aguantar sin sentir. Hay personas que han aprendido a seguir funcionando en medio de situaciones difíciles. Esta “dureza” puede mantenernos durante un tiempo, pero suele pasar factura. El cuerpo acaba hablando a través del insomnio, la irritabilidad, la desconexión o una fatiga que no se va con unas horas de descanso. La fortaleza emocional necesita flexibilidad. Necesita pausas. Necesita momentos en los que uno pueda dejar de empujar.

Ser resiliente significa poder sentir sin quedar completamente arrasados por lo que sentimos. Poder pedir ayuda sin vivirlo como una derrota. Poder parar antes de derrumbarnos.

Permanecer cerca de uno mismo

En tiempos de incertidumbre, una parte de nosotros quiere adelantarse al futuro para evitar el dolor. Es comprensible. Pero cuando vivimos demasiado lejos del presente, perdemos contacto con los recursos que sí tenemos ahora.

Fortalecer la resiliencia emocional implica regresar a uno mismo una y otra vez. Preguntarse cómo estoy hoy, qué necesito, qué puedo hacer, qué pensamiento me está arrastrando demasiado lejos, qué vínculo me ayuda a pensar, qué parte de mí necesita descanso.

No siempre encontraremos respuestas claras. A veces sólo podremos dar un paso pequeño. Pero hay algo importante en ese gesto: no abandonarnos internamente mientras la realidad aún no ofrece certezas.

La incertidumbre forma parte de la vida, aunque nos cueste aceptarlo. No podemos eliminarla del todo. Lo que sí podemos trabajar es la manera en que la atravesamos. Podemos aprender a no confundir miedo con incapacidad, cansancio con fracaso, vulnerabilidad con debilidad.

Quizá la resiliencia emocional empiece ahí: en poder decir “esto me afecta” y, aun así, buscar una forma de permanecer cerca de nosotros mismos.

Artículos relacionados

Taller The Good Mix

He diseñado un taller de entrenamiento digital práctico y entretenido, accesible en cualquier momento y lugar. A través de episodios...