Liderazgo y bienestar en el entorno laboral

Decisiones empresariales difíciles: cómo gestionar el impacto en la salud mental

Decisiones empresariales difíciles y salud mental

Un empresario me confesó que llevaba semanas sin dormir bien. Tenía que tomar una decisión que afectaría a varias personas de su plantilla, y la sola idea le revolvía el estómago. «Todos me ven seguro, firme, decidido», me dijo. «Nadie sabe que por dentro estoy hecho un manojo de nervios y que me da pánico equivocarme y arruinarle la vida a alguien». Aquella frase resume bien algo de lo que no solemos hablar: el peso emocional que cargan quienes tienen que tomar decisiones difíciles.

En el mundo de la empresa se habla mucho de estrategia o de resultados, y muy poco de lo que le cuesta a una persona, por dentro, decidir cuando está en juego algo importante. Y ese coste es real.

La soledad de quien decide

Una de las cosas que más pesa en estas situaciones es la soledad. La persona que ocupa un puesto de responsabilidad suele sentir que no puede mostrar sus dudas, que debe transmitir seguridad pase lo que pase, que no tiene con quién compartir el vértigo de lo que está decidiendo. Y esa soledad amplifica enormemente la angustia.

Reconocer esa soledad es el primer paso para aliviarla. No significa exhibir las dudas ante todo el mundo, pero sí buscar un espacio donde poder pensar en voz alta sin máscara: un mentor, un colega de confianza, un profesional. Sacar de dentro lo que nos pesa, poder decir «esto me asusta», quita una parte enorme de la carga. Lo que callamos del todo tiende a crecer en la cabeza hasta volverse desproporcionado.

El peso de decidir por otros

Las decisiones empresariales difíciles suelen tener un componente que las hace especialmente duras: afectan a otras personas. Despidos, reestructuraciones, cambios que tocan la vida de los empleados. Quien tiene sensibilidad siente ese peso, y eso, lejos de ser una debilidad, habla bien de él.

El problema aparece cuando ese peso se convierte en una culpa que nos paraliza o nos destroza. Ayuda diferenciar entre la responsabilidad y la culpa. Hacerse responsable significa tomar la decisión con el mayor cuidado posible, sopesando el impacto en las personas y tratándolas con dignidad. La culpa, en cambio, nos castiga por circunstancias que muchas veces no dependen sólo de nosotros. Tomar una decisión dolorosa con humanidad no es lo mismo que ser culpable del contexto que la hizo necesaria.

Separar la decisión del propio valor

Veo a menudo cómo una persona vincula el acierto de sus decisiones con su valía como ser humano. Si la decisión sale bien, vale; si sale mal, no vale nada. Esa ecuación es agotadora y, además, falsa. Vivir cada decisión como un examen sobre quiénes somos convierte el trabajo en una fuente continua de ansiedad, algo de lo que hablo también en *Estrés laboral: recuperar el eje cuando el trabajo empieza a ocuparlo todo*.

Podemos tomar la mejor decisión posible con la información que tenemos y aun así obtener un mal resultado, porque hay factores que no controlamos. Aprender a evaluarnos por la calidad del proceso, por haber decidido con criterio y cuidado, y no sólo por el desenlace, protege mucho nuestra salud mental. No somos nuestras decisiones; somos quien las toma lo mejor que puede.

Cuidarse mientras se sostiene la responsabilidad

Quien decide bajo presión necesita, más que nadie, cuidar su equilibrio. Y, sin embargo, suele ser el primero en descuidarlo. Las noches sin dormir, la mente que no para, el cuerpo en tensión continua, terminan nublando precisamente el juicio que necesitamos afinado para decidir.

Proteger el descanso, mantener espacios al margen del trabajo, hacer ejercicio, conservar relaciones que nos sostengan, no son distracciones que nos restan capacidad. Son lo que nos permite llegar a las decisiones con la cabeza más clara y el ánimo más firme. Cuidarse, en estos casos, es también una forma de decidir mejor.

Tolerar la incertidumbre

Buena parte del sufrimiento de quien decide viene de querer una certeza que casi nunca existe. Nos gustaría saber con seguridad que vamos a acertar antes de movernos, y esa certeza no llega. Decidir implica, casi siempre, hacerlo con información incompleta y sin garantías.

Aprender a convivir con esa incertidumbre, a sostener el «he decidido lo mejor que he podido y ahora veremos», libera de un peso enorme. La alternativa, rumiar sin fin todos los escenarios posibles, no aporta más control; sólo más desgaste. Decidir y soltar, aceptando que no todo está en nuestras manos, es una de las habilidades más sanas que puede desarrollar quien lleva responsabilidad.

Decidir desde un lugar más sereno

Gestionar el impacto de las decisiones difíciles en la salud mental no consiste en dejar de sentir su peso, porque ese peso forma parte de tomarlas con responsabilidad. Consiste en no quedar aplastado por él. Romper la soledad, separar la responsabilidad de la culpa, no medir nuestro valor por cada resultado, cuidarnos y tolerar la incertidumbre son maneras de sostener la carga sin rompernos.

Quien aprende a cuidarse mientras decide protege su bienestar, al tiempo que decide con más claridad y trata mejor a quienes le rodean. En una empresa eso lo nota todo el mundo. No debemos olvidar que detrás de cada decisión hay una persona, y cuidar a esa persona es cuidar también todo lo que de ella depende.

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