Cuando hablo de optimismo en consulta, algunas personas ponen cara de escepticismo. Lo asocian a esa gente que repite «todo va a salir bien» con una sonrisa fija, como si negar los problemas los hiciera desaparecer. Y las entiendo, porque ese optimismo de escaparate resulta hasta molesto cuando uno lo está pasando mal. Pero el optimismo del que quiero hablar no tiene nada que ver con eso. Es algo mucho más real, más útil y, sobre todo, algo que se puede entrenar.
El optimismo, bien entendido, es una manera de mirar la vida que nos ayuda a afrontarla con más recursos. Nace de confiar en que, pase lo que pase, algo podremos hacer. Y esa confianza, lejos de ser un rasgo con el que se nace o no, se cultiva día a día.
Un optimismo que no niega la realidad
Lo primero es distinguir el optimismo sano del que sólo tapa. Ser optimista no consiste en ignorar los problemas ni en forzarse a estar bien cuando no se está. Ese «positivismo» impuesto suele hacer daño, porque invalida lo que sentimos y nos deja más solos con ello.
El optimismo del que hablo reconoce las dificultades tal como son, pero se niega a quedarse en ellas. Es la capacidad de ver, junto a lo que va mal, también lo que va bien y lo que todavía es posible. Se puede estar atravesando un mal momento y, a la vez, confiar en la propia capacidad de salir adelante. Esa mezcla de realismo y esperanza es lo que de verdad sustenta.
Las historias que nos contamos
Ante un mismo hecho, dos personas pueden reaccionar de forma muy distinta según cómo lo interpreten. Frente a un tropiezo, una piensa «soy un desastre, todo me sale mal, esto no tiene arreglo», mientras otra piensa «esto ha salido mal, veamos qué puedo aprender y qué hago ahora». La situación es idéntica; lo que cambia es la historia que cada una se cuenta.
Cultivar el optimismo pasa mucho por revisar esas narraciones internas. No para engañarnos, sino para no dar por ciertas las versiones más catastróficas de forma automática. Cuando algo sale mal, conviene preguntarse si de verdad es tan definitivo y tan global como lo estamos pintando, o si estamos generalizando desde el desánimo. Casi siempre, la realidad admite una lectura más matizada y más justa.
Entrenar la mirada hacia lo que funciona
Tendemos, por pura supervivencia, a fijarnos más en lo que falla que en lo que va bien. Es un mecanismo antiguo y útil, pero que hoy nos hace pasar por alto buena parte de lo bueno de nuestra vida. Cultivar el optimismo implica, en parte, entrenar deliberadamente esa mirada.
Esto conecta con lo que cuento en Cómo la gratitud puede mejorar el bienestar emocional: acostumbrarnos a registrar lo que sí funciona, los pequeños logros, los momentos agradables, lo que hemos sido capaces de resolver. No para negar lo demás, sino para equilibrar una balanza que solemos tener inclinada hacia lo negativo. Con la práctica, esa atención a lo bueno deja de costar y empieza a surgir sola.
Cuidar el diálogo interno
La forma en que nos hablamos a nosotros mismos tiñe por completo nuestra manera de ver la vida. Hay personas que se tratan con una dureza que jamás emplearían con alguien a quien quieren, machacándose ante cada error. Ese diálogo interno cruel alimenta el pesimismo y el desánimo.
Aprender a hablarnos con más amabilidad, con la misma comprensión que ofreceríamos a un buen amigo, cambia mucho el clima interior. No se trata de felicitarnos por todo, sino de dejar de castigarnos por cada tropiezo y de reconocernos también lo que hacemos bien. Un trato interno más benévolo es terreno fértil para que crezca una mirada más esperanzada.
Rodearse bien y ponerse en marcha
El optimismo también se contagia. Rodearnos de personas que suman, que ven posibilidades, que nos animan sin negar la realidad, alimenta nuestra propia esperanza. Del mismo modo, la compañía constante de quien todo lo ve negro termina arrastrándonos hacia abajo.
Y hay algo que refuerza el optimismo más que cualquier pensamiento: la acción. Dar pequeños pasos hacia lo que queremos, comprobar que somos capaces de influir en las cosas, aunque sea un poco, construye una confianza que ninguna frase motivadora puede dar. La esperanza se sostiene mucho mejor cuando la acompañamos de gestos concretos que nos demuestran que podemos.
Una forma más amable de mirar la vida
Cultivar el optimismo en la vida diaria no consiste en fingir que todo va bien, sino en desarrollar una mirada que reconozca lo difícil sin quedarse atrapada en ello. Revisar las historias que nos contamos, atender a lo que funciona, cuidar el diálogo interno, rodearnos bien y ponernos en marcha son maneras de ir alimentando esa confianza.
Nadie se vuelve optimista de un día para otro, y no es necesario. Basta con ir inclinando poco a poco la balanza, con entrenar la mirada hacia lo posible. Y, con el tiempo, esa forma de mirar no sólo hace la vida más llevadera; nos da también más fuerzas para afrontar lo que venga, incluso los momentos verdaderamente duros.