Una paciente me describió el día en que recibió una noticia muy dura. Contaba que, en aquel momento, sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies, cómo la cabeza se le llenaba de pensamientos atropellados y el cuerpo se le disparaba. Y me preguntó, con toda la razón del mundo, cómo se hace para no derrumbarse en esos momentos, para mantener algo de equilibrio cuando la vida se pone cuesta arriba.
No existe una fórmula mágica que nos ahorre el sufrimiento, y sería deshonesto prometerla. Pero sí hay formas de atravesar los momentos difíciles sin quedar arrasados por ellos, técnicas que ayudan a sostenernos cuando todo tiembla. No evitan el dolor, pero evitan que el dolor nos desborde por completo.
Permitirse sentir lo que se siente
Puede sonar paradójico, pero el primer paso para mantener el equilibrio no es controlar la emoción, sino permitírsela. Cuando ocurre algo difícil, es natural sentir miedo, tristeza, rabia o angustia. Luchar contra esas emociones, negarlas o reprimirlas, suele empeorarlo todo, porque a la propia dificultad le sumamos la pelea con lo que sentimos.
Aceptar que estamos mal, decirnos «es normal que esto me afecte, cualquiera se sentiría así», paradójicamente nos calma. La emoción, cuando se le da espacio en lugar de combatirla, tiende a fluir y a bajar de intensidad. Resistirse a ella, en cambio, la cronifica. Hacerle sitio es el primer gesto de equilibrio.
Regular el cuerpo antes que la mente
En los momentos de gran intensidad emocional, intentar razonar rara vez funciona, porque el cuerpo está en plena activación y la mente va disparada. Por eso, una de las técnicas más eficaces es empezar por el cuerpo. Respirar despacio y profundo durante unos minutos, alargando la exhalación, le manda al sistema nervioso una señal de calma que ningún pensamiento consigue transmitir.
Ayuda también anclarse en el presente a través de los sentidos: sentir los pies en el suelo, notar la temperatura del aire, fijarse en lo que se ve y se oye alrededor. Estos pequeños gestos sacan a la mente del torbellino de pensamientos y la traen de vuelta al aquí y ahora, donde casi siempre estamos más a salvo de lo que la angustia nos hace creer.
No creerse todos los pensamientos
En plena tormenta emocional, la mente produce pensamientos catastróficos con una fuerza tremenda: «No lo voy a superar», «todo está perdido», «esto es el fin». Y lo peor es que nos los creemos a pies juntillas, como si fueran verdades absolutas, cuando en realidad son solamente el eco del miedo.
Aprender a tomar cierta distancia de esos pensamientos alivia mucho. Reconocerlos como lo que son, productos de la angustia y no descripciones fieles de la realidad, les quita poder. Podemos decirnos: «Estoy teniendo el pensamiento de que no lo superaré», en lugar de «no lo superaré». Ese pequeño matiz nos recuerda que somos algo más que lo que nuestra mente asustada nos dicta en el peor momento.
Volver a lo que sí depende de nosotros
Ante una situación difícil, buena parte del desgaste viene de darle vueltas a todo lo que no podemos cambiar. Recuperar el equilibrio pasa por dirigir la energía hacia aquello sobre lo que sí tenemos algo de margen, por pequeño que sea.
Preguntarnos «¿Qué puedo hacer hoy, aunque sea mínimo?» nos devuelve una sensación de control que la adversidad nos había arrebatado. A veces ese algo es tan sencillo como cuidar el descanso, pedir una información, dar un paso muy pequeño. Centrarnos en lo posible, soltando lo que se escapa por completo de nuestro control, ordena el caos interior y nos devuelve algo de firmeza.
No atravesarlo en soledad
Mantener el equilibrio en lo difícil no significa arreglárnoslas solos ni tragarnos el malestar en silencio. Todo lo contrario. Apoyarnos en personas de confianza, compartir lo que nos pasa, dejarnos acompañar y sostener, es una de las mayores fuentes de equilibrio que existen. El dolor compartido pesa menos.
Y cuando la situación desborda nuestros recursos, o el malestar se prolonga demasiado, buscar ayuda profesional es un acto de cuidado. No tenemos por qué saber gestionarlo todo por nuestra cuenta. Del mismo modo que nuestra regulación repercute en quienes nos rodean.
Sostenerse sin dejar de sentir
Mantener el equilibrio emocional ante las situaciones difíciles no consiste en no sufrir ni en mostrarse imperturbable, algo que ni es posible ni sería sano. Consiste en no dejarse arrasar: permitirnos sentir, regular el cuerpo, tomar distancia de los pensamientos más catastróficos, volver a lo que sí depende de nosotros y apoyarnos en los demás.
Estas técnicas nos permiten atravesar lo complicado de pie, sin perdernos del todo por el camino. Y algo importante: cada vez que logramos sostenernos en un momento duro, salimos con la confianza reforzada de que podemos con más de lo que creíamos. Esa fortaleza, cultivada situación a situación, es la base de la resiliencia, también en el ámbito familiar, de la que hablo en Estrategias para fortalecer la resiliencia en familia ante cambios significativos.