Familia y crianza consciente

Estrategias para fomentar el respeto y la empatía en casa

Cómo fomentar el respeto y la empatía en casa

Observando a las familias que pasan por mi consulta, he aprendido que el respeto y la empatía no se enseñan con discursos. Un día, unos padres me contaban, preocupados, que su hijo era «poco empático» con su hermano pequeño. Mientras lo decían, se interrumpían el uno al otro, se corregían con brusquedad, hablaban con cierto desdén. No hizo falta que dijera nada: ellos mismos se dieron cuenta. El niño estaba aprendiendo, con enorme fidelidad, lo que veía.

El respeto y la empatía se transmiten, sobre todo, por contagio y por ejemplo. Los hijos aprenden a tratar a los demás según se les trata y según ven que se tratan entre sí los adultos de su entorno. Por eso, fomentarlos en casa empieza siempre por mirar cómo nos relacionamos nosotros. Quiero compartir algunas estrategias que ayudan a crear un hogar donde el respeto y la empatía se aprendan de forma natural.

Predicar con el ejemplo

No hay enseñanza más poderosa que la del propio comportamiento. Si queremos hijos respetuosos y empáticos, lo primero es revisar cómo tratamos nosotros a los demás: a nuestra pareja, a ellos mismos, a las personas que nos atienden en una tienda, a quien piensa distinto. Los niños registran todo eso y construyen a partir de ahí su forma de estar en el mundo.

Tratar con respeto incluso cuando estamos enfadados, hablar bien de los demás, reconocer cuando nos equivocamos, mostrar consideración por cómo se sienten los otros, son lecciones que calan hondo. De poco sirve exigir a un hijo amabilidad si a su alrededor ve continuamente lo contrario. El ejemplo coherente vale más que mil sermones.

Dar lugar a las emociones de cada uno

La empatía nace de la experiencia de haber sido comprendido. Un niño al que se le acogen sus emociones, al que se le dice «entiendo que estés triste» o «veo que esto te ha dado rabia», aprende que los sentimientos importan y que merecen ser tenidos en cuenta. Desde esa experiencia propia, le resultará natural considerar después los sentimientos de los demás.

Por eso, crear un hogar empático pasa por validar lo que cada miembro de la familia siente, también lo incómodo: cuando las emociones tienen cabida, las personas crecen más sensibles a las de los demás. Un niño comprendido se convierte, casi siempre, en un niño comprensivo.

Enseñar a ponerse en el lugar del otro

Más allá del ejemplo, podemos cultivar la empatía de forma activa, sobre todo con los más pequeños. Ayuda invitarles a imaginar cómo se siente el otro: «¿Cómo crees que se ha quedado tu amigo cuando le has dicho eso?», «¿Te acuerdas de cuando a ti te pasó algo parecido?».

Estas pequeñas conversaciones, hechas con cariño y sin sermonear, van desarrollando la capacidad de pensar en cómo afectan nuestros actos a los otros. Aprovechar los momentos cotidianos, un conflicto entre hermanos, una escena de una película, algo que les ha pasado, para hablar de cómo se sienten las personas, es una de las formas más eficaces de sembrar empatía.

Respetar también cuando hay desacuerdo

El respeto se pone a prueba, precisamente, en el desacuerdo. Es fácil ser respetuoso cuando todos opinamos lo mismo; lo difícil es serlo cuando discrepamos. Y los hijos necesitan ver que en casa se puede estar en desacuerdo sin faltarse, que se puede discutir sin insultar ni despreciar.

Mostrarles que las diferencias se gestionan hablando, escuchando, sin gritos ni humillaciones, les enseña que el respeto no depende de tener razón. Esto es especialmente importante en la relación de pareja, donde los hijos observan continuamente cómo resolvemos nuestras diferencias. La manera en que discutimos los adultos es una escuela de respeto para los que miran.

Marcar límites con respeto

Fomentar el respeto y la empatía no significa renunciar a poner límites ni dejar que todo valga. Al contrario, los límites también enseñan respeto, siempre que se pongan de forma respetuosa. Un «no» firme pero amable, una corrección que no humilla, una norma que se explica, transmiten que se puede ejercer autoridad sin maltratar.

Cuando corregimos a un hijo a gritos o con desprecio, le enseñamos que quien tiene poder puede tratar mal a los demás. Cuando le ponemos límites con respeto, le enseñamos justo lo contrario. La forma importa tanto como el fondo, porque de esa manera aprenderá él a tratar a los demás cuando le toque.

Una semilla para toda la vida

Fomentar el respeto y la empatía en casa es una de las mejores inversiones que podemos hacer en nuestros hijos y en la convivencia familiar. Y se logra sobre todo a través del ejemplo, dando lugar a las emociones de cada uno, enseñando a pensar en los demás, respetando incluso en el desacuerdo y poniendo límites sin perder las formas.

Un hogar donde se cultivan el respeto y la empatía no sólo es un lugar más amable para vivir; también prepara a los hijos para relacionarse de forma sana en todos los ámbitos de su vida. Estamos sembrando en ellos una manera de tratar a los demás que llevarán consigo mucho más allá de la infancia, y que hará del mundo que les rodee un sitio un poco mejor.

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